Presentación

«De sólo ritmo, sin música, es el arte de
los bailarines, estos también por medio
de ritmos figurados imitan caracteres,
emociones, acciones».
Aristóteles, Poética, 1, 26-27

La danza como objeto de narración, como ejemplo de conducta humana en los debates ético-morales, como alegoría política y religiosa o simplemente como elemento distintivo y anecdótico de la vida cortesana, representa bien la sociedad medieval en muchas de sus contradicciones. Más en general, por su relación con el cuerpo y los gestos el arte coréutico ha sido utilizado a lo largo de los siglos como herramienta para expresar conceptos, creencias, ideas filosóficas. Tanto en época clásica como en la cultura bizantina y durante la Edad Media la danza ocupa un lugar destacado ya que contamos con frecuentes referencias al baile en textos literarios, tratados éticos morales, documentos de archivo y testimonios visuales. Estas presencias se justifican a partir del uso paradigmático de la danza como espejo de conceptos e ideas. El cuerpo en movimiento como forma simbólica, como acto que define el espacio de la ciudad antigua a nivel físico, social y político, como momento creador de identidad popular en el Medioevo rural y como estilización civilizadora en la ciudad tardomedieval: he aquí sólo algunas de las cuestiones que han atraído el interés de los investigadores en las últimas décadas, convirtiendo la danza en objeto de investigación científica. Entre las muchas aportaciones cabe destacar las afirmaciones de Paul Zumthor: «Si no fuera por la indigencia de nuestra información habría que […] reconocer la supremacía absoluta de la danza entre las formas de arte que pusieron en práctica o en causa, durante los siglos medievales, de alguna manera el cuerpo viviente». Los estudios culturales conducidos por Jean Claude Schmitt, por otro lado, han prestado especial atención al cuerpo, a la danza, a la representación del ritmo en la cultura visual de la Edad Media. Schmitt ha sido pionero en identificar el gesto, el cuerpo, el movimiento rítmico como factores distintivos e identificativos de las comunidades sociales medievales contribuyendo así a una transformación epistemológica que en los últimos años ha modificado la propia manera de aproximarse a los temas de investigación, privilegiando motivos que por su naturaleza transversal pueden llegar a contribuir a una lectura más transparente de los fenómenos históricos y culturales en sentido amplio. Tampoco hay que olvidar que las reflexiones de Aby Warburg a principios del siglo xx ya habían puesto de manifiesto la importancia de las imágenes en movimiento como topos mismo de la forma, una forma que atraviesa el tiempo y, adaptándose a nuevos estilos, lo modifica. Una contribución fundamental en esta dirección representan los estudios de iconografía de la danza, llevados a cabo tanto por parte de musicólogos como de historiadores del arte y del teatro que han demostrado como ciertas visualizaciones del baile se pueden considerar paradigmas, claves epistemológicas para aproximarse a ideas y conceptos del pasado. No se trata, como recuerda Agamben en sus reflexiones sobre el método, de aislar un concepto/metáfora, sino de entender hasta qué punto el mecanismo que nos brinda la identificación de paradigmas en los hechos culturales tiene un peso en nuestra capacidad de interpretar, analizar y comprender. Hay que considerar en primer lugar cómo el baile representado o descrito en textos literarios puede llegar a funcionar como una herramienta interpretativa analógica.

La danza escrita cobra protagonismo en las palabras de aquellos representantes de la iglesia que quieren condenar su práctica en los sermones, manuales de confesores, textos didácticos y exegéticos, colecciones de exempla, textos relacionados con la mística. Descripciones, encuentros alegóricos en los cuales el baile juega el papel del acontecimiento mágico, están presentes en la literatura de carácter cortés y en la novela. La danza representada, por otro lado, pertenece a la cultura visual tanto de la época clásica como de la Edad Media: así aparece con frecuencia en relieves, cerámicas, en artesonados de iglesias, en capiteles de claustros, en los coros, en la decoración de palacios públicos
y residencias privadas. La ilustración de manuscritos constituye, además, un rico y articulado campo en estricta simbiosis con el texto narrativo o poético. La danza bailada, finalmente, es el lado vivo y persistente de una larga tradición que ha sobrevivido hasta nuestros días. Si embargo, el objetivo de las investigaciones llevadas a cabo por los miembros del grupo ICONODANSA no es el de reconstruir a través de la narración y de la representación la ejecución de la danza del pasado, operación ésta que presentaría muchos puntos débiles y dudosos resultados. Más bien se busca perfilar unos topoi iconográficos recurrentes, para que la figuración y la narración de la danza puedan adquirir carácter significante.

Licia Buttà.

Profesora Agregada del Departamento de Historia del  Arte de la Universitat Rovira i Virgili y coordinadora de Iconodansa.

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